Jueves, 28 de Agosto de 2008
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Reflexiones
en torno a la no-violencia y la niñez

     Cuando se habla de los problemas de la Educación, por lo general se circunscribe la discusión a lo que pasa en las escuelas o, a lo sumo, se involucra a los dirigentes que organizan y reglan desde ministerios y oficinas públicas, como si sólo se educara en las aulas.

     Quienes compartimos día a día la difícil tarea de transmitir valores a las nuevas generaciones (que de eso se trata "educar"), sabemos de sobra que no es así, y que los problemas de la Educación se extienden a todos los ámbitos de la vida social. Sin ir más lejos, es proverbial el conflicto hogar-escuela (donde padres y familiares contradicen lo que el niño recibe de sus maestros), como uno de los principales obstáculos que enfrenta el educador a lo largo de toda su carrera.

     Sin embargo, hay otras contradicciones tan flagrantes y peligrosas que no pueden dejar de mencionarse, y sin pretender abarcarlas todas, ni interpretarlas con la profundidad que merecen, señalaremos nuestra opinión sobre algunas, para provocar la reflexión creativa de quienes cargan con la responsabilidad de educar.

La televisión y la violencia

     En muchos países existe lo que se llama "horario de protección al menor"; un intervalo en la programación que busca preservar a los niños de imágenes explícitas y potencialmente agresivas para su sensibilidad. En Argentina, por ejemplo, este horario finaliza a las 22 hs. PM, y es recién entonces cuando se proyectan las típicas producciones hollywoodenses de acción, aventura y sexo.

     Todo estaría bien -y hasta nos sentiríamos tentados de alabar el sentido común de los programadores y ejecutivos de la televisión por ésto- si no fuera porque ellos mismos han ideado astutos medios para eludir la regla. En efecto, editan "avances" de los filmes que ocuparán el "horario desprotegido" y se aseguran bien de que éstos incluyan una catarata de escenas sangrientas y una sucesión vertiginosa de puñetazos, patadas, y balaceras. Si uno se toma el arduo trabajo de asistir luego a la proyección del film en cuestión, notará que ni por asomo resulta tan ágil ni violento, y acaba pensando que el editor de los avances debió, en realidad, haber editado la película misma para hacerla más interesante. Lo mismo sucede con los filmes eróticos; los avances muestran escenas en extremo sugestivas que luego resultan ser sólo eso, porque no muestran ni una décima parte de lo que prometieron.

     De este modo, todos los niños que, como espectadores, ocupan la franja supuestamente "protegida" del horario (la mañana y la tarde), son bombardeados con imágenes agresivas para su sensibilidad, perturbadoras y tan fuera de contexto que sólo provocan dudas, ansiedad y temor en los pequeños televidentes. La pregunta de rigor es: quien hizo la regla ¿mira televisión?

Los medios gráficos y la violencia

     Las revistas y periódicos no cuentan con el mecanismo supuestamente regulador del "horario de protección", pero aducen en su favor que cada uno de ellos posee un público especial, como si nadie que no pertenezca al grupo al que se dirigen pudiera, en realidad, leerlos.

     Obviamente, ningún pequeño de Preescolar se enfrascará en la lectura del periódico de la mañana... salvo cuando la maestra le encarga que recorte algunas ilustraciones para llevar al colegio y el niño es puesto, tijera en mano y por sus propios padres, frente a titulares sensacionalistas, noticias terribles y fotografías espeluznantes, todo lo cual, aislado de su verdadera significación y sacado de contexto, cae sobre su inocencia como un balde de agua fría.

     Del mismo modo operan los vendedores callejeros, quienes exponen públicamente y a la vista de cualquier niño que transite la acera, revistas eróticas o decididamente pornográficas. ¿Pensarán acaso que los niños no las miran, sólo porque no están dirigidas a ellos?

¿Dónde está la violencia?

     Es tentador decir que "en todas partes", y si ésto es así se debe a que existe en el ser humano una natural tendencia hacia la agresividad y el abuso del poder (tan naturales, por cierto, como el amor, la solidaridad y el altruísmo). Pero no este el tema que nos preocupa aquí, sino las formas que la violencia toma para entrar en nuestras vidas.

     Lo que queremos decir es que hay muchas maneras de ejercer violencia sin llegar a la agresión física. Alguien, por ejemplo, puede haber pensado al leer los párrafos anteriores, que los ejemplos del cine erótico o las revistas pornográficas no se ajustaban al tema, y sin embargo lo hacen, porque en estos casos quien ejerce violencia sobre los niños es quien les impone -sin que puedan defenderse ni evitarlo- sus propias ideas, gustos y preconceptos que, sin ser inapropiados para un adulto, lo son para un menor de edad.

     Es posible que el vendedor ambulante de periódicos que vocea "¡mató a sus cuatro hijos con un palo!" sea una persona perfectamente pacífica, bondadosa y hasta inocente. Pero al imponer a otros una imagen aterradora ejerce sobre ellos una violencia real, concreta y despiadada, no atenuada por estar hecha sólo de palabras o por ser impensada o involuntaria. Quien roba ejerce violencia; quien engaña también lo hace; y de la misma manera obran quienes penetran en las mentes y en los corazones de otros sin permiso.

     Esta, y no otra, es la violencia que los medios de comunicación derraman sobre sus infantiles espectadores. ¡Sería preferible que les golpearan en el rostro!

La violencia en la escuela

     No nos engañemos: la escuela también es un sitio violento. Desde ya, existe en ella una voluntad educadora que tiende a impedir los actos de violencia explícitos, y es casi seguro que en la mayoría de los colegios no se enseña a golpear o a lastimar a otros física o moralmente (los institutos militares y algunos clubes deportivos son la excepción). Pero sí se ejerce violencia sobre los alumnos, ¡y mucha!
     No es difícil deducir cuándo. Se violenta a un niño cuando se le imponen tareas arbitrarias y sin sentido, dictadas sólo por la ineptitud o la pereza del maestro; se lo agrede cuando se lo juzga con liviandad, o cuando se lo encasilla inflexiblemente en una tipología determinada sin justo motivo; se practica la violencia cuando se lo subestima o sobreestima, esto es, cuando se le exige más allá de su capacidad o cuando se lo toma por tonto. El colegio puede ser una tortura (y de hecho lo ha sido infinidad de veces) para los indefensos y los débiles si en él no se procura sacarlos de su estado y se los ataca impiadosamente, si se recurre a la burla y al escarnio como herramienta pedagógica, si se impone el miedo como medio de mantener la disciplina, y si se toleran irresponsablemente los defectos en lugar de dar ejemplo de virtudes.

¿Crisis de valores?

     Los valores morales de una sociedad humana entran en crisis cuando ya no sirven. Bajo esta luz, es válido decir que los problemas que nos aquejan no representan una crisis de valores, sino más bien una confusión respecto de su alcance.

     Es cierto que algunos conceptos tradicionales han sido dejados de lado en las últimas décadas, pero por lo general se trata de prejuicios y costumbres extremas, que nunca se sostuvieron racionalmente ni aún en la más victoriana de las sociedades. Lo que aparece como cierto es que vivimos en un estado de confusión permanente, y asistimos a una especie de "guerra de valores", en donde las ideas positivas chocan entre sí sin que atinemos a encontrar el equilibrio entre ellas.

     Un ejemplo de ésto, que vemos a diario en Educación, es el que se nos presenta al determinar los alcances que tienen los "derechos del alumno". Cien años atrás este concepto no existía sino en las mentes de unos pocos y lúcidos pedagogos, pero hoy en día es concepto generalizado que un alumno debe ser respetado y atendido en sus necesidades como persona. Pero, ¿hasta dónde estos derechos pueden interponerse en el camino de la Educación? Un alumno tiene, desde ya, derecho a expresar sus opiniones libremente, pero del mismo modo tiene, cada maestro, el derecho de impartir enseñanza sin presiones, por lo que resulta natural que éste trate de limitar el derecho de aquellos a interrumpirlo cada vez que no están de acuerdo. Se confunde aquí el abuso de un derecho (por parte del niño o del joven que aprovecha la situación para entorpecer la clase) con el derecho mismo, pero lo cierto es que muchos maestros se inhiben de responder ante la posibilidad de ser acusados de "violadores de los derechos de sus alumnos". Dos derechos positivos, en suma, entran en colisión y provocan un conflicto; el resultado son clases caóticas, profesores amedrentados y alumnos indisciplinados.

    En otros casos, la experiencia histórica de los años 70 en Latinoamérica, con gobiernos dictatoriales y violadores de los Derechos Humanos, ha producido sistemas educativos en los que la palabra "autoridad" es sinónimo de "represión". No es infrecuente que los jóvenes de Argentina, Uruguay o Chile contesten "no me reprimas" al maestro que trata de reconvenirlos por su mal comportamiento, y ésto refleja nuevamente el conflicto entre dos nociones igualmente buenas, pero mal balanceadas.

     No son entonces los valores los que fallan, sino la falta de una delimitación concreta en cuanto a sus alcances. Por fortuna, el amor todavía sigue siendo el amor, y la familia, la amistad, el respeto y la tolerancia persisten en la conciencia colectiva como verdaderos ideales.